No recordaba que el aire ingles fuese tan frio. Me había acostumbrado a los ajetreados vientos de la urbe estadounidense, a ese ritmo de vida que no me permitía parar un segundo y la libertad que el incognito me había dado. La vida en New York no era buena, pero 14 años en un mismo sitio te enseñan a adaptarte a la fuerza.
-¿Recuerdas Josephin cómo estaba de asustada cuando bajamos del taxi?
-Sí, no querías que tus zapatos blancos se ensuciaran en el asfalto negro y te escondías bajo el ala de tu sombrero para que la gente no pudiera ver tu rostro. Lo recuerdo bien.
Cierto, yo quería regresar a mi casa y volver a ver a papá sentado en el escritorio robusto de su estudio. Miraba por la rendija del final de la puerta, las pesadas cortinas vino tinto estaban cerradas. Tiraba fuerte de la perrilla y él no estaba para abrir. Me quedaba horas dando vueltas por todo el corredor, pero él nunca salió. Semanas después, mamá entro a casa llorando. Papá había muerto. Todos dijeron que era por la tal famosa casería de familias nazis, pero solo era una excusa para no mandar el caso de mi familia a los archivos de casos sin resolver. Mi familia era inglesa hasta la medula y los abuelos habían decidido no inmiscuirse en la guerra de forma trascendente, sino como los ciudadanos comunes y corrientes que eran. Tal vez fue por ello que algunos nos tildaron de traidores. Pero lo pasado se queda en el pasado ¿No? Al menos eso esperaba.
Está amaneciendo, lo veo por la ventana del avión. No dormí durante todo el viaje, solo pensaba, trataba de recordar cómo era la casa, pero no tenía alguna imagen de ella. ¿Habrá gente que me salude con cariño y yo no pueda recordarla? Espero que no, eso sería un poco triste y frustrante. ¿Habré tenido amigos de la infancia que me puedo encontrar otra vez? No recuerdo haber tenido a otra persona cerca que no fueses tu Josephin. No, no te preocupes, no dije nada, vuelve a tu libro. Respira Amara, tranquilízate, todo estará bien.
Pierde tu mirada en lo profundo de ese cielo pequeña Amara, solo estas volviendo a casa, a tu hogar. Deja que el espaldar del asiento desorganice tu cabello mientras tratas de acomodarte de la mejor forma en él, y mira como tu hermanito descansa en tu regazo. Sí, mi pequeño niño, mi pequeño Theodore. Después de la muerte de papá, 8 largos años después, mamá se casó con el abogado de confianza de la Familia, Corentín. Y este es su hijo: 3 años de edad, Cabello Castaño, ojos negros, piel muy blanca y me alegraba que se pareciese más mi madre que a él. Cosas de abnegación y hostilidades frente al que se hacía creer mi padre. Acaricié su pequeña cabeza, él sonrió y tomó mi mano para luego llevársela a la mejilla. Le devolví la sonrisa aunque él aún tenía los ojos cerrados. Entonces miré a mi izquierda, allí se encontraba una morena de cabello negro y ojos ámbar, muy seria, fría y callada. Ella ha vivido con nosotros desde casi siempre ya que sus padres y su hermano desparecieron en las mismas condiciones que mi padre. Es como mi mejor amiga, pero más que eso, es como mi hermana mayor. Estaba leyendo un libro viejo, de caratula negra y paginas amarillentas.
-estoy cansada ¿falta mucho Josephin? –pregunté.
-una media hora por lo menos... -contestó ella sin quebrar el gesto.
-¡No puede ser! Me fundiré con este asiento –chillé.
-Amara deja de quejarte que desestabilizarás mi karma.
-está bien, no te enojes. Al menos comparte tu libro ¿sí?
-Bien –contesto mientras se aclaraba la garganta. Pasó las páginas un poco hacia atrás para buscar un buen inicio- “Si desea maldecir a una persona, lo primero que debe hacer es conseguir un mechón de su cabello, una fotografía y amarrarlos a una vela negra con un hilo de una de sus prendas usadas. Luego deberá tomar una cuchilla oxidada y…”
-¡Ya basta! Creo... que no quiero saber nada más –dije con una mueca de horror mientras tapaba los oídos del pequeño Theodore. Ella rió burlonamente, movió su cabeza de un lado a otro en forma de negación y volvió a su libro con gusto. Así era ella, le apasionaban las cosas oscuras y un poco retorcidas, pero nunca las aplicaba, solo que su mente era demasiado curiosa como para negarse a leer sobre cosas con tabú.
~ ♥ ~
La mansión de la familia Wright era extremadamente grande: De unos cinco pisos de altura, pintada en un tono crema y hecha de madera oscura, un gran jardín que abrazaba la casa, cercado con barras altas de color cobre. Rodeado por flores, árboles y un lago que tenía una especia de muelle y en la entrada un sin fin de sirvientes esperando por nosotros. Torcí el gesto al ver tal recibimiento, todos haciendo grandes reverencias y con la mayor formalidad de la situación. Que desesperación me daba. Esa era una realidad de la cual no me sentía muy a gusto. ¿Ser la primogénita y supuesta heredera de una compañía textil exitosa y estable? Yo no había pedido ser una niña rica, y no quería serlo.
Sin dudarlo, puse a mi hermanito a cargo de mamá y me apresuré por salir del auto en el que había llegado. Una vez más, me escondía en el ala de mi sombrero para no ver a nadie, pero esta vez no podría huir tan fácil. Josephin me agarró por el cuello del vestido de campo corto que llevaba para que no escapase, mi madre le dio las gracias y camino delante de nosotras junto con su hijo sin decir más, pero increíblemente feliz. La quede mirando un par de minutos ¿Estas verdaderamente feliz mamá? No sabes cómo me alegra, se nota en tu sonrisa. No es la misma que siempre tienes cuando los socios te visitan, esa es forzada, al menos yo lo noto, y sé que esta es de verdad.
Entonces sentí un empujoncito en mi espalda, era mi padrastro quien nos pedía seguir adelante y saludar a todos los miembros de la casa. Nos pidió además, que fuéramos amables con nuestras criadas personales al tiempo que nos las presentaba: dos lindas gemelas llamadas Aeryn y Abie Podía verse por sus expresiones que se trataba de un divertido ying-yang. Una muy fría, otra muy alegre. Reí con alivio al saber que tenían nuestras mismas edades, así sería más fácil burlar esos tontos papeles del “amo y el sirviente” que tanto detestaba. Sólo serían dos amigas más que de vez en cuando molestaría por favores estúpidos, como decirme dónde diablos escondía mi madre mis comics japoneses favoritos, en donde estaba el centro comercial más inhabitado y cercano posible, y claro, también necesito que alguien me enseñe algunas cosas sobre la ciudad que había olvidado, como el dinero. Lo último que quería era a alguien siguiéndome a cada minuto de mi vida. Luego de una pequeña plática sin nada interesante, cuatro palabras alegraron mi vida: la comida está servida. Nada mejor que un delicioso almuerzo casero para mejorar el ánimo.
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Terminada la comida, y después de pelear con las mucamas quienes insistían en subir mi equipaje hasta mi nueva habitación, me tendí en la cama vestida por unas sábanas blancas totalmente exhausta. Contemplé el techo por un momento. Deseaba empezar a buscar en los rincones de la casa lo que fuese que me ayudara a saber más sobre mi padre, mi familia, y también la de Josephine. Respiré hondamente mientras cerraba mis ojos. Una briza perfumada entró por la ventana y la aspiré con agrado. Tulipanes rojos y girasoles con sus semillas tostadas esperando a ser recolectadas. Estos primeros meses serian un poco duros, después de todo tendría que acomodarme nuevamente a algunas palabras que se pronunciaban distintos aquí que en New York. También tendría que aprender cómo moverme en la ciudad sin necesidad de tener una fila de sirvientes tras de mí, lo mejor sería sacar un pase de conducción y tener una motocicleta o de vez en cuando robar un auto del garaje.
De inmediato me levanté estrepitosamente de la cama mirando en dirección del techo, había escuchado un fuerte correteo el cual terminaba en un golpe seco, ¿Qué sería? Me levanté de inmediato y me dirigí hacia el tercer piso. Revisé por todos los cuartos, pero al parecer no había nadie. Subí al cuarto piso y la historia fue la misma, así que me dirigí a las escaleras para subir nuevamente. Pero al poner mi mano sobre el borde de la escalera, un escalofrío me atravesó la espalda. Sentí pánico. Mi corazón latía desenfrenadamente mientras subía hacia el quinto piso. Las luces estaban apagadas por ser aún de día, pero se alcanzaba a ver la luz tenue del sol otoñal que se colaba entre las cortinas oscuras. Empecé a recorrer los pasillos, tampoco había nadie. El ambiente era muy pedazo, el aire se hacía cada vez más seco y la temperatura se elevaba.
Entonces tropecé. Algo había cortado mis pasos. Levanté la vista hacia mis pies, ¿una bitácora? La tomé con cuidado de no llegar a dañarla, estaba polvorienta y las páginas estaban amarillentas. Miré extrañada aquel libro, pero en ese instante volví a escuchar aquel correteo. Esta vez había visto como una de las puertas se cerraba delante de mí. Sin pensarlo, me levanté rápidamente y corrí hasta aquella puerta. Para aquel instante el miedo se me había olvidado, solo tenía esa curiosidad que me carcomía por dentro y me empujaba a averiguar que era todo eso. El lugar estaba al fondo del pasillo, creo si no hubiese visto como se cerraba, seguramente no habría notado que la puerta estaba allí. La oscuridad la ocultaba por completo. Al entrar, Una extraña imagen se proyectó en mi mente. Tres jóvenes alrededor de una mesa baja, vestidas con hábitos de monjes que ocultaban su identidad. La más pequeña de ellas tenía en sus manos un libro, que al segundo próximo desapareció.
En cuando recobré el conocimiento, me di cuenta que aquel libro era el que se encontraba en mi posesión. Este resbaló de mis manos sin darme cuenta. Sacudí mi cabeza tratando de despejarla. Me agaché para tomar el diario nuevamente, pero en cuanto mis manos lo tocaron, un par de pies salieron de nada. Caí hacia atrás. Entonces alcé la mirada buscando un rostro. Mis ojos se dilataron desmesuradamente al ver que aquella persona frente a mí era... era yo. Vestida con un traje antiguo y muy pomposo de color vino tinto. Sus labios se movieron sin emitir sonido alguno. Cerré mis ojos con fuerza. Tal vez así despertaría de aquel sueño y la sensación de angustia desaparecería de mi pecho. Tal vez se despertaba, me encontraría en mi nueva habitación con la sensación de haber comido demasiado y me reiría de mis tontas alucinaciones. Lástima que estuviera tan despierta.
Pasado un minuto, volví a abrir los ojos lentamente. Mi ritmo cardiaco lo sentía como nunca. Pensaba que en algún momento el corazón se me saldría del pecho. Recorrí el lugar con mis ojos. Se había ido ¿Quién era ella? ¿Y por qué era exactamente igual a mí? Noté que la bitácora seguía a mi lado, la tomé confundida y pasé sus hojas con rapidez. Estaban todas en blanco, que extraño. Me levanté del suelo y pude ver una pequeña mesa en mitad de la habitación oscura. Puse el libro sobre esta y me senté en un cojín. Abrí nuevamente el diario. Esta vez miraba detenidamente cada una de las páginas amarillentas. Me detuve en cuanto unas letras aparecieron en ellas, Reconocí esa caligrafía antigua con cuñas y terminados elegantes que sólo la persona que lo escribió sabe lo que dice allí. Traté descifrarlo, pero sin éxito alguno. La cabeza empezaba a dolerme, así puse ambos índices en mis cienes en un masaje circular. Cerré los ojos tratando de descansarlos. De pronto un escuché una voz próxima a mí.
-Destino –dijo la chica frente a mí.
-¿Quién eres tú? –pregunté sin darle tiempo a que siguiera leyendo.
-no te asustes. Soy tu pasado –contestó.
-¿Qué es lo que haces aquí?
-Amara, no tengo tiempo para interrogatorios cuyas respuestas ya sabes. Ahora necesito de tu ayuda, la de Josephin y la de Rachael.
-¿ayuda? –pregunté sin entender una sola cosa de lo que decía. ¿Cómo sabia esos nombres? Y ¿Quién era Rachael?
-No espero que creas lo que voy a decirte, después de todo es como si fuese salido de un cuento de hadas o algo más estúpido. Pero pequeña Amara, el aura mágica fluye por tus venas ya que eres la única primogénita desde mi generación. Y algo parecido ocurre con las otras dos chicas. No tengo mucho tiempo para explicar, tampoco tengo las respuestas a todas tus preguntas, pero ojalas las halles por ti misma. Primero que todo, conserva el este diario –Entonces cerró el libro y lo puso en mis manos- es necesario para que podamos hacer contacto con ustedes.
-¿Quiénes?
-El pasado de Josephin, de Rachael y yo. Además necesitan aprender a usar su aura mágica lo antes posible.
-¿Por qué?
-porque... las están... buscando –en ese instante, la imagen de la chica comenzaba a desvanecerse y su voz se entrecortaba. Era seguro que no permanecería a mi lado más que unos pocos segundos- cuídense de ellos.
-¡¿Espera?! –Grité al ver que su presencia se había esfumado por completo- ¡Maldición! ¿Y ahora que se supone que haga? –Me levanté con rabia y arrojé el libro contra la pared- ¡Deja de jugar! ¡Deja de jugar!
Suspiré cansada y me dirigí a mi cuarto tan rápido como daban mis piernas, dejando el diario en la oscuridad de aquel cuarto sin siquiera importarme un poco. Corrí en dirección a las escaleras, no sin antes caerme de nuevo. Bajé a toda prisa mientras sentía correr la adrenalina por mis venas y el creciente ritmo de mi corazón. De algún modo sentía invadirme un miedo como nunca lo había sentido y no podía ocultarlo por más tiempo. Esa mirada Amara, cambia tu mirada o todos sospecharan si te ven. Que nadie sé de cuenta que tienes miedo, o que eres frágil.

